Reflexiones

El Año Cero de la Educación Superior Futura

La pandemia de COVID-19 desató una crisis global que no solo es de orden epidemiológico, sino que es de orden social, económico, de convivencia humana y, por supuesto, educativo.

Según datos del IESALC de la UNESCO, 23.4 millones de estudiantes de Educación Superior y 1.4 millones de docentes en América Latina y el Caribe (más del 98% de estudiantes y profesores de la región) continuaron educando pese a las turbulencias del contexto, pese a la falta de previsión para enfrentar una crisis de tal magnitud y gracias a la tecnología, nuestro aliado desde tiempos remotos.

La paradoja más cruel que se está causando en la Educación Superior Iberoamericana reside en que —voluntaria o involuntariamente— este hecho nos da la gran oportunidad de cuestionar sus tradicionales, rebasados, demolidos y aun vigentes supuestos. Y que lenta, pero presurosamente, nos encauza hacia una nueva normalidad Iberoamericana en la que, parafraseando a Carlos Monsivais: “ya pasó lo que apenas estábamos entendiendo y aún no entendemos lo que está pasando…”.

En esta nueva normalidad:

  • ¿Cómo abordaremos los problemas de equidad, de pertinencia, de gobernanza, de innovación y de internacionalización si su concepción está cambiando?
  • ¿Qué entenderemos por calidad?
  • ¿Seguiremos desfasados, retrasados y ajenos respecto de los nuevos contextos tecnológicos, geo políticos y geo económicos?
  • ¿Vamos a dejar de potenciar las capacidades de los más vulnerables, como sugiere Amartya Sen?
  • ¿Cómo atenderemos el déficit de aprendizaje que implica la transición hacia los esquemas digitales y el problema de brecha digital al que muchos estudiantes se enfrentan?
  • ¿Cómo garantizaremos la integridad en la medición de aprendizajes y cómo atenuaremos las implicaciones financieras que tendrán las Universidades?
  • ¿Cómo responderán los docentes y los alumnos ante la “nueva arquitectura” física, virtual, de asignaturas, de horarios y de carreras que se requieren ante las “nuevas reglas de trato social”?
  • ¿Quién responderá por las consecuencias educativas y de vida futura si, según un reporte reciente elaborado por Fernando Reimers y Andreas Schleicher para la OECD, un año escolar perdido equivale a una pérdida de entre el 7% y el 10% de los ingresos a lo largo de toda la vida?
  • ¿Cómo planearemos en medio de la incertidumbre de carácter global?

Nos encontramos frente a la oportunidad de sacar lo mejor de nosotros, de nuestros intelectos; de aprender más sobre los cambios a gran escala, de largo aliento y con prospectiva, como los que requiere la mayoría de los sistemas de educación iberoamericana. Para ello, es necesario que redefinamos nuestro papel y el de nuestros procesos de aseguramiento para que sean vistos como un instrumento esencial de y para el cambio, y para que deje de ser un proceso algo burocrático, algo mercantil para las instituciones.

En RIACES una de las categorías clave para la evaluación externa de las agencias reside en su “Contribución al diseño de políticas nacionales de educación superior”. Tenemos claro que nuestras agencias deben promover e impulsar la calidad de la Educación Superior de los países o regiones donde ellas se actúan.

Creemos, también, que la Educación Superior es un derecho humano y que los Estados son responsables de velar por su cumplimiento. Eso no quiere decir que la acreditación se burocratice o se le encierre en una jaula de hierro weberiana. Todo lo contrario. Las agencias deben apoyar a las Universidades para equilibrar los desafíos que el Año Cero nos impondrá.

Alejandro Miranda Ayala

Presidente de RIACES